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miércoles, 3 de octubre de 2018

Los servicios secretos estadounidenses implicados entre la China y el Tibet. Por Fidel Castro Ruz



Los servicios secretos estadounidenses implicados entre la China y el Tibet

Las imágenes de CNN acerca del Tibet son simplistas: de un lado nos muestra a los Chinos como los malos de la película porque son comunistas, del otro, a los Tibetanos porque son budistas. Pero el comandante Fidel Castro nos alerta que todo esto no es más que pura propaganda. La historia de esa región nos enseña las verdaderas viejas causas y pugnas chino-norteamericanas: la adhesión del Tibet al Kuomintang para luchar contra Mao, y la guerrilla budista bajo dirección de la CIA.

 | LA HABANA (CUBA)  

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El Dalai-Lama y George W. Bush. Foto White House.
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Primera parte 

La victoria china

Sin algunos conocimientos históricos elementales no se comprendería el tema que abordo.
En Europa habían oído hablar de China. Marco Polo, en el otoño de 1298, contó cosas maravillosas del singular país al que llamó Catay.
Colón, navegante inteligente y audaz, estaba informado de los conocimientos que poseían los griegos sobre la redondez de la Tierra.
Sus propias observaciones lo hacían coincidir con aquellas teorías. Ideó el plan de llegar al Lejano Oriente navegando hacia el oeste desde Europa. Calculó con excesivo optimismo la distancia, varias veces mayor. Sin imaginarlo, se le atraviesa en su ruta, entre el Océano Atlántico y el Pacífico, este continente. Magallanes realizaría el viaje concebido por él, aunque murió antes de llegar a Europa. Con el valor de las especias recogidas se pudo pagar la expedición iniciada con varias embarcaciones, de las cuales sólo una regresó, como preámbulo de futuras colosales ganancias.
Desde entonces, el mundo comenzó a cambiar con pasos acelerados.
Viejas formas de explotación volvieron a repetirse, desde la esclavitud hasta la servidumbre feudal; antiguas y nuevas creencias religiosas se extendieron por el planeta.
De esa fusión de culturas y hechos, acompañada por los avances de la técnica y los descubrimientos de la ciencia, nació el mundo actual, que no podría comprenderse sin un mínimo de antecedentes reales.
El comercio internacional, con sus ventajas y sus inconvenientes, se imponía por las potencias coloniales, como España, Inglaterra y otras potencias europeas. Estas, especialmente Inglaterra, pronto comenzaron a dominar el suroeste, sur y sureste de Asia, así como Indonesia, Australia y Nueva Zelandia, extendiendo su dominio por la fuerza en todas partes. A los colonizadores les faltaba someter al gigantesco país chino, de milenaria cultura y fabulosos recursos naturales y humanos.
El comercio directo entre Europa y China se inició en el Siglo XVI, después que los portugueses establecieron el enclave comercial de Goa en India y el de Macao al sur de China.
El dominio español de Filipinas facilitó el intercambio acelerado con el gran país asiático. La dinastía Qing, que gobernaba China, intentó limitar todo lo posible este tipo de operación comercial no favorable con el exterior. Lo permitieron solo por el puerto de Cantón, ahora Guangzhou.
Gran Bretaña y España tenían grandes déficits por la baja demanda del enorme país asiático, relacionados con mercancías inglesas producidas en la metrópoli, o productos españoles procedentes del Nuevo Mundo no esenciales para China.
Ambas habían comenzado a venderle opio.
El comercio del opio en gran escala era dominado inicialmente por los holandeses desde Jakarta, Indonesia. Los ingleses observaron las ganancias que se aproximaban al 400 por ciento. Sus exportaciones de opio, que en 1730 fueron de 15 toneladas, se elevaron a 75 en 1773, embarcado en cajas de 70 kilogramos cada una; con él compraban porcelana, seda, condimentos y té chino.
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Ilustración / foto: A la izquierda aparece la fotografía de William H. Russell, descendiente de una familia increíblemente millonaria, la cual había hecho fortuna con uno de los comercios más repugnantes del siglo XIX: el tráfico de opio en China y otras regiones de Asia (ver foto derecha, un fumadero de opio en China en esa época). Russell heredó esta empresa, la «Russell and Company», un imperio del tráfico de opio.
Russell era también un apasionado de las sectas secretas y luego de un aprendizaje en Alemania en 1833 creó a su regreso en los EEUU y en el campus de la universidad de Yale, la sociedad Skull and Bones (la Calavera, o literalmente: Cráneo y Hueso, ver emblema arriba con su número secreto 322). Skull & Bones tiene como finalidad captar las elites y descendientes de las familias ricas del país para crear una cofradía del poder político, ligadas a las grandes fortunas. El presidente George W. Bush es miembro de esta secta secreta y como lo fue su rival presidencial John Kerry.
«Russell and Company» es hoy el verdadero propietario de la famosa universidad norteamericana de Yale, fundada en 1701 por religiosos anglo-sajones llegados al «Nuevo Continente».

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El opio y no el oro era la moneda de Europa para adquirir las mercancías chinas.
En la primavera de 1830, ante el desenfrenado abuso del comercio de opio en China, el emperador Daoguang ordenó a Lin Hse Tsu, funcionario imperial, combatir la plaga, y este ordenó la destrucción de 20 mil cajas de opio. Lin Hse Tsu envió carta a la Reina Victoria pidiéndole respeto a las normas internacionales y que no permitiera el comercio con drogas tóxicas.
Las Guerras del Opio fueron la respuesta inglesa. La primera de ellas duró tres años, de 1839 a 1842. La segunda, a la que se sumó Francia, cuatro años, de 1856 a 1860. También se les conoce como las Guerras Anglo-chinas.
El Reino Unido obligó a China a firmar tratados desiguales, por medio de los cuales se comprometía a abrir varios puertos al comercio exterior y a entregarle Hong Kong. Varios países, siguiendo el ejemplo inglés, impusieron términos desiguales de intercambio.
Semejante humillación contribuyó a la rebelión Taiping de 1850 a 1864, la rebelión Bóxer de 1899 a 1901 y, por último, a la caída de la dinastía Qing en 1911, que por diversas causas ―entre ellas la debilidad frente a las potencias extranjeras― se había vuelto sumamente impopular en China.

¿Qué ocurrió con Japón?

Este país, de antigua cultura y muy laborioso, como otros de la región, se resistía a la «civilización occidental»”y durante más de 200 años ―entre otras causas por su caos en la administración interna― se había mantenido herméticamente cerrado al comercio exterior.
En el año 1854, después de un viaje exploratorio anterior con cuatro cañoneras, una fuerza naval de Estados Unidos al mando del Comodoro Matthew Perry, amenazando con bombardear a la población japonesa ―indefensa frente a la moderna tecnología de aquellos buques―, obligó a los shogunes a firmar, en nombre del Emperador, el Tratado de Kanagawa, el 31 de marzo de 1854. Así se inició en Japón el injerto con el comercio capitalista y la tecnología occidentales. Desconocían entonces los europeos la capacidad de los japoneses para desenvolverse en aquel campo.
Tras los yanquis, llegaron los representantes del imperio ruso desde el Extremo Oriente, temiendo que Estados Unidos, a quienes vendieron después Alaska el 18 de octubre de 1867, se les adelantaran en el intercambio comercial con Japón. Gran Bretaña y las demás naciones colonizadoras europeas arribaron rápido a ese país con los mismos fines. Durante la intervención de Estados Unidos en el año 1847, Perry ocupó varias partes de México. El país perdió al final de la guerra más del 50 por ciento de su territorio, precisamente las áreas donde se acumulaban las mayores reservas de petróleo y gas, aunque entonces el oro y el territorio donde expandirse, y no el combustible, eran el objetivo principal de los conquistadores.
La primera guerra chino-japonesa fue declarada oficialmente el 1º de agosto de 1894. Japón entonces deseaba apoderarse de Corea, un Estado tributario y subordinado a China. Con armamento y técnica más desarrollados, derrotó a las fuerzas chinas en varias batallas próximas a las ciudades de Seúl y Pyongyang. Posteriores victorias militares le abrieron el camino hacia territorio chino.
En el mes de noviembre de ese año, tomaron Port Arthur, actual Lüshun. En la desembocadura del río Yalu y en la base naval de Weihaiwei, sorprendida por un ataque terrestre desde la península de Liaodong, la artillería pesada japonesa destruyó la flota del país agredido.
La dinastía tuvo que pedir la paz. El Tratado de Shimonoseki, que puso fin a la guerra, fue firmado en abril de 1895. Se obligaba a China a ceder Taiwán, la península de Liaodong y el archipiélago de las Islas Pescadores a Japón «a perpetuidad»; pagar además una indemnización de guerra de 200 millones de taeles de plata y abrir cuatro puertos al exterior. Rusia, Francia y Alemania, defendiendo sus propios intereses, obligaron a Japón a devolver la Península de Liaodong, pagando en cambio otros 30 millones de taeles de plata.
Antes de mencionar la segunda guerra chino-japonesa, debo incluir otro episodio bélico de doble trascendencia histórica que tuvo lugar entre 1904 y 1905 y no puede omitirse.
Después de su inserción en la civilización armada y las guerras por el reparto del mundo impuestas por Occidente, Japón, que ya había librado la primera guerra contra China antes señalada, desarrolló su poderío naval lo suficiente como para asestar tan duro golpe al imperio ruso, que estuvo a punto de provocar prematuramente la revolución programada por Lenin al crear en Minsk, diez años antes, el Partido que posteriormente desataría la Revolución de Octubre.
El 10 de agosto de 1904, sin previo aviso, Japón atacó y destruyó en Shandong la Flota Rusa del Pacífico. El zar Nicolás II de Rusia, exaltado por el ataque, ordenó movilizar y zarpar, rumbo al Extremo Oriente, la Flota del Báltico. Convoyes de buques carboneros fueron contratados para llevar a tiempo los cargamentos que necesitaba la Flota mientras navegaba hacia su lejano destino. Una de las operaciones de traspaso de carbón se tuvo que realizar en alta mar por presiones diplomáticas.
Los rusos, al entrar en el sur de China, se dirigieron al puerto de Vladivostok, único disponible para las operaciones de la Flota. Para llegar a ese punto había tres rutas: la de Tsushima, su mejor variante; las otras dos requerían navegar al este de Japón, e incrementaban los riesgos y el enorme desgaste de sus naves y tripulantes.
Lo mismo pensó el almirante japonés: para esa variante preparó su plan y situó sus barcos de modo que la Flota japonesa, al dar la vuelta en «U», todas sus naves, en su mayoría cruceros, pasarían a distancia aproximada de 6 mil metros de los buques adversarios, con gran número de acorazados, que estarían al alcance de los cruceros japoneses, dotados de personal rigurosamente entrenado en el empleo de sus cañones.
Como consecuencia de la larga ruta, los acorazados rusos navegaban a sólo 8 nudos frente a los 16 de las naves japonesas. La acción militar se conoce con el nombre de Batalla de Tsushima. Tuvo lugar los días 27 y 28 de mayo de 1905.
Participaron, por el imperio ruso, 11 acorazados y 8 cruceros.
Jefe de la Flota: Almirante Zinovy Rozhdestvensky.
Bajas: 4 380 muertos, 5 917 heridos, 21 barcos hundidos, 7 capturados y 6 inutilizados.
El jefe de la Flota Rusa fue herido por un fragmento de proyectil que le golpeó el cráneo.
Por el imperio japonés participaron: 4 acorazados y 27 cruceros.
Jefe de la Flota: Almirante Heichachiro Togo.
Bajas: 117 muertos, 583 heridos y 3 torpederos hundidos.
La Flota [rusa] del Báltico fue destruida. Napoleón la habría calificado de Austerlitz en el mar. Cualquiera puede imaginarse cuán profunda herida causó el dramático hecho en el tradicional orgullo y patriotismo rusos.
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La flota rusa del Báltico del zar Nicolás II fue completamente destruida por el ataque sorpresa de la marina imperial japonesa conducida por el almirante Togo, el 27 y 28 de mayo de 1905 y en el transcurso de la batalla naval al frente de las islas de Tsou-Shima. A la izquierda aparece una fotografía de archivo del acorazado-insignia «Petropavlovsk» y a la derecha una ilustración de la época mostrando el sacrificio del almirante Makarov que naufragó y pereció junto con su flota. Rusia vivía en esa época la convulsiones de la Revolución y esta derrota aceleró el derrumbe del prestigio del régimen monárquico zarista. Nicolás II declaró en aquella época: Este día ha sido el día más negro de mi vida y de San-Petersburgo.
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Después de la batalla, Japón pasó a ser una temida potencia naval, rivalizando con Gran Bretaña y Alemania y compitiendo con Estados Unidos.
Japón reivindicó el concepto del acorazado como arma principal en los años venideros. Se enfrascaron en la tarea de potenciar la Armada Imperial japonesa. Solicitaron y pagaron a un astillero británico la construcción de un crucero especial, con la intención de reproducirlos después en astilleros japoneses. Más tarde fabricaron acorazados que superaban a sus contemporáneos en blindaje y poder.
No había sobre la Tierra ninguna otra nación que igualase a la ingeniería naval japonesa de los años 1930 en diseño de buques de guerra.
Eso explica la acción temeraria con que un día atacaron a su maestro y rival, Estados Unidos, que a través del Comodoro Perry los inició en el camino de la guerra.
Segunda parte 

La victoria China

Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, China se une a los aliados. Para compensarla, le ofrecen que las concesiones alemanas en la provincia de Shandong, le serían devueltas al finalizar la contienda. Tras el Tratado de Versalles, impuesto por el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson a los amigos y a los enemigos, las colonias alemanas son transferidas a Japón, un aliado más poderoso que China.
Esta acción causó la protesta de miles de estudiantes que se congregaron en la Plaza Tiananmen el 4 de mayo de 1919. Allí se inició el primer movimiento nacionalista que triunfó en China. Se denominó «4 de Mayo». La pequeña burguesía y la burguesía nacional lo compartían con los obreros y los campesinos.
La corriente nacionalista había surgido a fines del siglo XIX y principios del XX, y se consolidó con la fundación del Kuomintang, es decir, Partido Nacional del Pueblo, encabezado por el doctor Sun Yat-sen, intelectual y revolucionario progresista que estaba muy influido por la Revolución Socialista de Octubre, con la cual reforzó sus relaciones.
El Partido Comunista de China se funda en un congreso que tuvo lugar entre el 23 de julio y 5 de agosto de 1921. Lenin envió representantes de la Internacional a ese congreso.
El movimiento comunista se dedicó a reunificar China. Entre los fundadores se encontraba el joven Mao Zedong. En los años 1923 y 1924 se conforma el Frente Único Antiimperialista entre el PCCh y el Kuomintang.
En marzo de 1925 muere Sun Yat-sen y Chiang Kai-shek toma el mando, dedicándose a controlar bajo su rígida jefatura el sur de China, en particular la zona de Shanghai.
Chiang no simpatizaba con la doctrina comunista, y en 1927 inició un proceso represivo en gran escala contra los comunistas en las unidades del Ejército Nacional Revolucionario, sindicatos y otras áreas sociales del país, especialmente en Shanghai. También reprimió fuertemente a la izquierda dentro del Kuomintang.
Después de 5 meses de ocupación militar de Manchuria, Japón estableció en 1932 el estado del Manchukuo, lo que constituía una gran amenaza para China. Chiang Kai-Shek lanzó cinco campañas de cerco y aniquilamiento contra los comunistas, que se hicieron fuertes en las bases constituidas al sur del país.
Con los que lograron escapar de la traición de Chiang Kai-shek en 1927, Mao Zedong dirigió en el área montañosa de las provincias de Jiangsu y Fujian el establecimiento, en un amplio territorio, del centro de resistencia armada con un fuerte núcleo de comunistas consecuentes y bien organizados, que se calificó de República Soviética de China.
Enfrentados a las fuerzas nacionalistas muy superiores de Chiang Kai-shek, alrededor de 100 mil combatientes chinos, bajo la dirección de Mao, inician en 1934 la Gran Marcha hacia el noroeste, bordeando el centro, un recorrido de más de 6 mil kilómetros, luchando constantemente a lo largo de la ruta durante más de un año, lo que constituyó una hazaña sin precedentes y convirtió a Mao en el líder indiscutible del Partido y de la Revolución en China.
La aplicación de las ideas de Marx y Lenin a las circunstancias políticas, económicas, naturales, geográficas, sociales y culturales de China, lo consagraron como genial estratega político y militar de la liberación de un país cuyo peso en el mundo actual no puede ser subestimado. La segunda guerra chino-japonesa se inicia el 7 de julio de 1937.
Los japoneses provocaron deliberadamente el incidente que desató la contienda. Un soldado nipón desaparece cuando su ejército realizaba una parada militar en el puente Marco Polo, sobre un río situado a unos 16 kilómetros del oeste de Beijing. Culpan al ejército chino, situado al otro lado del río, de haber secuestrado al soldado, y se provoca un combate de varias horas. Este aparece de nuevo, casi de inmediato.
Era falsa la denuncia, pero el comandante japonés ya había ordenado atacar. Tokio exige condiciones inaceptables para China, presentadas con la habitual arrogancia, y ordena el envío de tres divisiones equipadas con sus mejores armas. En pocas semanas, el Ejército japonés controló el pasillo este-oeste desde el Golfo de Chihli ―hoy Bo Hai― hasta Beijing.
De Beijing se dirige hasta Nanjing, sede del gobierno de Chiang Kai-shek. Llevaron a cabo una de las campañas terroristas más horrendas de las guerras modernas. La ciudad fue arrasada, igual que otras similares; decenas de miles de mujeres fueron violadas y cientos de miles de personas asesinadas brutalmente.
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La masacre de Nankin: ver documental histórico de los crímenes de guerra cometidos por las tropas imperiales japonesas a la población civil china en la ciudad de Nankin.
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El Partido Comunista de China había priorizado la lucha por la unidad nacional frente al plan japonés, cuyo objetivo era apoderarse del enorme país con sus recursos naturales y someter a más de 500 millones de chinos a despiadada servidumbre. Japón buscaba espacio vital. Su conducta fue una mezcla de capitalismo con racismo: era la versión japonesa del fascismo.
El Frente Unido Antijaponés estaba ya vigente ese propio año 1937. Los nacionalistas estaban también conscientes del peligro. Japón ocupó la mayoría de las ciudades costeras. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las bajas chinas sumarían millones.
Durante la épica contienda, los comunistas intensificaron su lucha contra los invasores, ocasionándoles sensibles daños.
Estados Unidos prestó ayuda a los comunistas y a los nacionalistas.
Como veía que su entrada en la guerra era inminente, solicitó al gobierno chino autorización para enviar una escuadrilla de voluntarios.
Se creó así la unidad aérea de los Tigres Voladores. Roosevelt envió al capitán Lee Chenault, que estaba retirado y en el desempeño de su tarea este expresaba su admiración por la disciplina, las tácticas y la eficacia de los combatientes comunistas.
Después del ataque a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, Estados Unidos entró en la guerra. Sin embargo, en ningún momento Japón pudo mover sus tropas élites de China, que al final de la contienda sumaban un millón de soldados.
Chiang Kai-shek, convertido por la administración Truman ―que en un acto de terror usó las armas nucleares sobre la población civil de Japón― en el hombre fuerte de Estados Unidos, reanuda la guerra civil anticomunista, pero sus desmoralizadas tropas no podían resistir la ola incontenible del Ejército Popular Chino.
Cuando terminó esa guerra, en octubre de 1949, los del Kuomintang, apoyados por Estados Unidos, escaparon hacia Taiwán, donde establecieron un gobierno anticomunista con pleno respaldo yanqui. Chiang Kai-shek utilizó la Flota de Estados Unidos en su viaje hacia Taiwán.

¿Es acaso China un oscuro rincón del mundo?

Antes de que se edificara Troya y circularan por las ciudades-estado de Grecia la Ilíada y la Odisea, creaciones sin duda maravillosas de la inteligencia humana, ya en las amplias márgenes del Río Amarillo se desarrollaba una civilización que abarcaba millones de personas. La cultura china tiene sus raíces en la dinastía Zhou, 2,000 años antes de Cristo.
Su escritura peculiar se basa en varios miles de signos gráficos, que representan por lo general palabras o morfemas del idioma, término de la lingüística moderna poco conocido por el público no familiarizado con el tema. Todos estamos lejos de comprender la misteriosa magia de esa lengua, cuyo aprendizaje desarrolla la inteligencia natural de los niños chinos.
Muchos productos que surgieron de China, como la pólvora, la brújula y otros, eran desconocidos por completo en el Viejo Continente. Si los vientos soplaran en sentido inverso de la ruta seguida por Colón, tal vez los chinos habrían descubierto a Europa.
Desde el año 2000, en Taiwán estaba gobernando un partido cuya política neoliberal y proimperialista era peor todavía que la tradicional del Kuomintang, partidario decidido de quebrar el principio de una sola China, históricamente proclamado por el Partido Comunista de China. Este espinoso asunto podía desatar una guerra de imprevisibles consecuencias, como moderna espada de Damocles sobre las cabezas de más de 1,300 millones de chinos.
La elección el pasado 23 de marzo del candidato del antiguo partido que fue la base política de Chiang Kai-shek constituyó sin duda, en los hechos, una victoria política y moral de China. Aleja del poder en Taiwán a un partido que, habiendo gobernado durante casi ocho años, estaba a punto de dar nuevos y funestos pasos.
Según informan las agencias, fue aplastante su derrota, al obtener solo 4,4 millones de votos de los 17,3 millones de electores con derecho a votar.
El nuevo Presidente tomará posesión el 20 de mayo. «Firmaremos un Tratado de Paz con China», declaró.
Los cables informan que «Ma Ying-jeou es partidario de la creación de un Mercado Común con China, principal socio comercial de la isla.»
La República Popular China se muestra digna y cautelosa sobre el espinoso asunto. El portavoz de la Oficina de Taiwán en el Consejo Estatal de Pekín declaró que la victoria de Ma Ying-jeou prueba que «la independencia no es popular entre los taiwaneses».
En este lacónico mensaje se dice mucho.
En obras elaboradas por prestigiosos investigadores de Estados Unidos, se divulgó lo ocurrido en el territorio chino del Tíbet. El libro La guerra secreta de la CIA en el Tíbet, de Kenneth Conboy ―University Press, de Kansas―, se describe la sucia entraña de la conspiración. William Leary lo define como «un estudio excelente e impresionante sobre una de las operaciones secretas de la CIA más importantes durante la guerra fría».
En el curso de dos siglos, ni un solo país en el mundo había reconocido el Tíbet como nación independiente. Lo consideraban parte integrante de China. En 1950 India lo conceptuaba de esa forma, después del triunfo de la revolución comunista. Inglaterra adoptó la misma conducta. Estados Unidos hasta la Segunda Guerra Mundial lo consideraba parte de China, e incluso presionaba a Inglaterra en ese sentido. Tras la guerra, en cambio, lo vieron como un baluarte religioso contra el comunismo.
Cuando la República Popular China aplicó la reforma agraria en los territorios tibetanos, su élite social no aceptó que sus propiedades e intereses fuesen afectados.
Esto condujo a un levantamiento armado en 1959. La rebelión armada en el Tíbet ―a diferencia de la de Guatemala, Cuba y otros países, donde actuaron con apremio― fue preparada durante años por los servicios secretos de Estados Unidos, según consta en las investigaciones mencionadas anteriormente.
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Otro libro ―que es apologético en este caso de la CIA―, Los guerreros de Buda, cuyo autor es Mikel Dunham, cuenta cómo la institución llevó a cientos de tibetanos a Estados Unidos, condujo la rebelión, la equipó, envió paracaídas con armamentos, los formó en la utilización de los mismos, a la vez que se movían a caballo, como lo hacían los guerrilleros árabes.
El prólogo de la obra fue redactado por el Dalai Lama, quien expresa: Aunque tenga el profundo sentimiento de que la lucha de los tibetanos sólo podrá triunfar por un enfoque a largo plazo utilizando medios pacíficos, siempre he admirado a estos combatientes de la libertad por su valor y su determinación inquebrantables.
El Dalai Lama, condecorado con la Medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos, alabó a George W. Bush por sus esfuerzos en favor de la libertad, la democracia y los derechos humanos.
La guerra en Afganistán fue calificada por el Dalai Lama como «una liberación», la guerra de Corea como «semiliberación» y la de Viet Nam como «un fracaso».
Hice apretada síntesis de datos tomados por Internet, del sitio Rebelión especialmente. No incluí, por razones de espacio y tiempo, las páginas de cada libro donde aparecen con precisión las palabras textuales utilizadas.
Hay personas que padecen de chino-fobia, un hábito bastante generalizado en muchos occidentales, acostumbrados, por educación y cultura diferentes, a mirar con desprecio lo que viene de China.
Era yo niño prácticamente, cuando ya se hablaba del «peligro amarillo». La revolución china parecía entonces un imposible; las causas verdaderas del espíritu antichino eran en el fondo racistas.
¿Por qué tanto se empeña el imperialismo en someter a China, de forma directa o indirecta, a un desgaste internacional?
Antaño, es decir, hace 50 años, para negarle las prerrogativas heroicamente ganadas como miembro pleno del Consejo de Seguridad; después, con motivo de los errores que condujeron a las protestas de Tiananmen, donde se endiosaba a la Estatua de la Libertad, símbolo de un imperio que es hoy la negación de todas las libertades.
La legislación de la República Popular China se esmeró en la proclamación y aplicación del respeto al derecho y a la cultura de 55 minorías étnicas.
La República Popular China, a la vez, es sumamente sensible a todo lo que se relaciona con la integridad de su territorio.
La campaña orquestada contra China es como un toque de clarín llamando a degüello para deslucir el merecido éxito del país y su pueblo como anfitriones de los próximos Juegos Olímpicos.
El Gobierno de Cuba emitió una declaración categórica de apoyo a China respecto a la campaña contra ella vinculada al Tíbet. Fue correcta esa posición. China respeta el derecho de los ciudadanos a creer o no creer.
Hay, en ese país, grupos de creyentes musulmanes, cristianos católicos y no católicos y de otras creencias, y decenas de minorías étnicas, cuyos derechos están garantizados en su Constitución. En nuestro Partido Comunista, la religión no es obstáculo para ser militante.
Respeto el derecho a creer del Dalai-Lama, pero no estoy obligado a creer en el Dalai-Lama.
Tengo muchas razones para creer en la victoria china.
Este artículo escrito por el Comandante Fidel Castro Ruz apareció bajo el título: «La Victoria China» (partes I y II), el 30 y 31 de marzo de 2008 respectivamente, desde La Habana, Cuba.
Iconografía, texto de las fotos y otras ilustraciones así que las anotaciones o reseñas abajo de página son de la agencia peruana IPI (Informe de Prensa Internacional)
www.a-ipi.net.
Artículo tomado de la red Voltaire http://www.voltairenet.org/article156282.html

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El Dalai Lama y Obama, encuentro entre dos Premios Nobel de la mentira

Domenico Losurdo
Red Voltaire

Atrás ha quedado el tiempo en que Obama hablaba de un G2 (USA-China) para dirigir el mundo. En pocos días, la administración Obama ha multiplicado las provocaciones antichinas: venta de armas a Taiwán, anuncio de una inminente ciberguerra contra Pekín por parte del director nacional de inteligencia y anuncio de una visita del jefe de los separatistas tibetanos a la Casa Blanca. El profesor Domenico Losurdo analiza la intención estadounidense de desmantelar China.

Ya es oficial. El presidente Obama recibirá próximamente al Dalai Lama en la Casa Blanca. Era inevitable el encuentro entre estas dos almas gemelas. Con 20 años de intervalo (1989 y 2009), los dos obtuvieron el Premio Nobel de la Paz, y los dos lo obtuvieron ad maiorem Dei gloriam [1], o, para ser más exactos, para la mayor gloria de la «nación elegida» de Dios. 1980 fue el año en que Estados Unidos, después de haber ganado la guerra fría, se preparaba para desmantelar la Unión Soviética, Yugoslavia y –al menos eso creían en Washington– también China.

En tales circunstancias, la corona de campeón de la paz no podía ser otorgada a otro que no fuera aquel monje intrigante que, respaldado y financiado desde hacia ya 30 años por la CIA, podía ayudar a arrebatarle a China la cuarta parte de su territorio (el Gran Tibet). En 2009, la situación había cambiado de forma radical. Los dirigentes de Pekín habían logrado evitar la tragedia que se estaba cocinando para China.

En vez de volver a las terribles décadas de la China oprimida, humillada y condenada en masa a morir de hambre, de la «China crucificada» que mencionan los historiadores, este país –cuya población es la quinta parte de la población mundial– había registrado un prodigioso desarrollo, mientras que se hacían cada vez más evidentes el descrédito y la decadencia de la superpotencia que en 1989 creyó tener el mundo en sus manos. En las condiciones de 2009, el Premio Nobel de la Paz coronaba a aquel que, gracias a su habilidad oratoria y a su capacidad para presentarse a sí mismo como un hombre nuevo que venía “de abajo”, estaba llamado redorar en algo el imperialismo estadounidense.

En realidad, el verdadero significado está a la vista de todos. No hay una región del mundo que no haya conocido un recrudecimiento del militarismo y de la política belicista estadounidenses. Una flota, equipada para neutralizar la posible respuesta de Irán a los bombardeos indiscriminados que Israel viene preparando frenéticamente gracias al armamento proporcionado con Estados Unidos, ha sido enviada al Golfo Arábigo-Pérsico.

En América Latina, después de promover y apoyar el golpe de Estado en Honduras, Obama está instalando 7 bases militares en Colombia, reactiva la presencia de la 4ª Flota estadounidense, explota la catástrofe humanitaria en Haití (cuya gravedad es además resultado de la dominación neocolonial que Estados Unidos ha venido ejerciendo durante 2 siglos) para implementar una ocupación masiva de ese país, con un despliegue de fuerzas militares que constituye además una evidente advertencia para las demás naciones latinoamericanas.

En África, valiéndose del pretexto de la «lucha contra el terrorismo», Estados Unidos refuerza su dispositivo militar, cuando su verdadero objetivo es en realidad obstaculizar la obtención de los recursos energéticos y de las materias primas que China necesita, para poder estrangularla después en el momento oportuno. En la propia Europa, Obama no ha renunciado en lo absoluto a la expansión de la OTAN hacia el este ni a las maniobras tendientes a debilitar a Rusia. Las concesiones son solamente de carácter formal y no tienen más objetivo que aislar lo más posible a China, el país que pudiera cuestionar la hegemonía planetaria de Washington.

En efecto, es en Asia donde más claramente se manifiesta el carácter agresivo de la nueva presidencia estadounidense. No sólo se trata de la extensión de la guerra de Afganistán al territorio de Pakistán, mediante un uso de los aviones sin piloto (y de los consiguientes «daños colaterales») sensiblemente más acentuado que en la época de la administración de Bush Jr. Lo más significativo es lo que está sucediendo con Taiwán.

La situación había mejorada sensiblemente, los contactos e intercambios entre la China continental y Taiwán se habían restablecido y se estaban desarrollando, también se habían restablecido las relaciones entre el Partido Comunista Chino y el Kuomindang. Con la nueva venta de armas, Obama trata de alcanzar un objetivo bien definido: si no se logra desmantelar el gran país asiático, por lo menos hay que impedir la reunificación pacífica.

Y es en este preciso momento que un viejo conocido de la política del containment y del desmantelamiento de China anuncia su próxima llegada a Washington. Incluso antes de poner un pie en territorio estadounidense, el Dalai Lama bendice por control remoto al mercader de la guerra que actualmente ocupa la Casa Blanca. Pero, ¿no es acaso el Dalai Lama un símbolo universal de la no violencia? Permítanme abordar esa refinada manipulación a través de un capítulo de mi libro La no violencia. La historia más allá del mito (Laterza, Bari-Roma. NdT.), que saldrá a la venta el 4 de marzo próximo. Me limitaré, por el momento, a anticipar un solo aspecto de la cuestión. Varios libros entre cuyos autores o coautores se encuentran ex funcionarios de la CIA revelan una verdad que nunca podemos perder de vista: la no violencia es una «pantalla» (screen) que inventaron los servicios secretos estadounidenses mayoritariamente inmersos en la «guerra psicológica».

Esa «pantalla» ha permitido fabricado alrededor de Su Santidad una aureola sagrada cuando la realidad es que, desde que huyó de China en 1959, el Dalai Lama nunca ha cesado de promover en el Tibet una revuelta armada, alimentada por los enormes recursos financieros de la poderosa máquina organizativa y multimediática de Estados Unidos y por el gigantesco arsenal de ese mismo país, revuelta que a pesar de todo ha fracasado porque no ha encontrado apoyo entre la población tibetana.

Se trataba de una revuelta armada –señalan también los ex funcionarios de la CIA– que ha permitido a Estados Unidos acumular valiosas experiencias para las guerras en Indochina, o sea –observo yo– para las guerras coloniales, catalogadas como las más bárbaras del siglo 20. Y ahora se anuncia un encuentro entre el Dalai Lama y Obama.

Era de esperar. Este encuentro entre los dos Premios Nobel de la mentira será probablemente amistoso, como corresponde a un encuentro entre dos personalidades vinculadas entre sí por afinidades electivas. Pero lo cierto es que no augura nada bueno para la causa de la paz.

Nota:

[1] Expresión latina y divisa de la Compañía de Jesús. Su traducción literal sería «A la mayor gloria de Dios».

Domenico Losurdo. Filósofo e historiador comunista, profesor en la universidad de Urbino (Italia). Última obra publicada en francés: “Nietzsche philosophe réactionnaire: Pour une biographie politique“.

Fuente: http://www.voltairenet.org/article163936.html

Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la traducción al francés de Marie-Ange Patrizio.


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martes, 16 de noviembre de 2010

Nobel de la guerra para los señores del «Nobel de la Paz»

Por Domenico Losurdo

Ignorando las instrucciones que dejara el propio Alfred Nobel, el jurado del premio Nobel ya no está recompensando el coraje en el trabajo por la paz sino la utilidad mediática al servicio del imperialismo. La lista de los más recientes laureados con ese premio no es más que una enumeración de personalidades que sirven de coartada a la aplicación de políticas coercitivas y de pretexto para justificar las guerras. El más reciente es el premio Nobel de la Paz de 2010, concedido a un «disidente» chino como medio de justificar la política de containement en contra de China, señala el filósofo Domenico Losurdo.

Un recio debate se ha desatado en Australia en las últimas semanas.
En un artículo publicado en Quartely Essay y del que se adelantaron algunos aspectos en el The Australian, Hugh White lanzó un llamado de advertencia sobre una serie de inquietantes procesos actualmente en marcha:
ante el ascenso de China, Washington está respondiendo con la tradicional política de containment (se puede traducir como política de contención), mediante el amenazantefortalecimiento de su potencial y sus alianzas militares.

En respuesta, Pekín no se deja intimidar ni «contener». Todo lo anterior puede provocar en Asia una polarización de alianzas adversarias y dar lugar al surgimiento de «un riesgo real y creciente de guerra de grandes proporciones e incluso de guerra nuclear».
El autor de esta advertencia está lejos de ser un don Nadie. Tiene en su aval una larga carrera como analista en cuestiones de defensa y de política exterior y forma parte, en cierta forma, del establishment intelectual. No por casualidad su artículo ha desatado un debate nacional, en el que también ha participado la primera ministra, Julia Gillard, quien ha reafirmado la necesidad del vínculo privilegiado con Estados Unidos.

Pero los sectores extremistas australianos han ido mucho más lejos al afirmar que hay que comprometerse a fondo con una Gran Alianza de las democracias contra los déspotas de Pekín. No queda duda alguna. La ideología de la guerra contra China se basa en una ideología existente desde hace mucho que justifica y hasta celebra las agresiones militares y las guerras de Occidente en nombre de la «democracia» y de los «derechos humanos».

Y ahora resulta que se otorga el «Premio Nobel de la Paz» al «disidente» chino Liu Xiaobo. Esa maniobra no podía producirse en momento más oportuno, sobre todo teniendo en cuenta la amenaza de guerra comercial esgrimida contra China, ahora de manera abierta y solemne, por el Congreso de Estados Unidos.

China, Irán y Palestina

Entre los primeros en felicitarse por la selección de los señores de Oslo estuvo la señora Shirin Ebadi, quien inmediatamente añadió aún más sal a la sopa:
«China no sólo es un país que viola los derechos humanos. Es también un país que apoya y ayuda a numerosos regímenes que los violan, como los que están en el poder en Sudán, en Birmania, Corea del Norte, Irán…»
Agregó además que es un país responsable de la «gran explotación de los obreros». Por lo tanto, hay que boicotear «los productos chinos» y «limitar al máximo los intercambios económicos y comerciales con China» [1].

Digámoslo una vez más: la contribución a la ideología de la guerra emprendida en nombre de la «democracia» y de los «derechos humanos» no puede ser más clara, y la declaración de guerra comercial es evidente.
Entonces, ¿por qué se le otorgó el «Premio Nobel de la Paz» en 2003 a Shirin Ebadi? Se le dio ese premio a una señora cuya visión de las relaciones internacionales es maniquea. En su lista de violaciones de los derechos humanos no hay cabida para Abu Ghraib ni para Guantánamo, ni para los bombardeos y guerras desatados con pretextos falsos y mentiras, ni para el uranio empobrecido, ni para los embargos con características genocidas que desafían a la aplastante mayoría de los miembros de la ONU y de la comunidad internacional…

En cuanto a la «gran explotación de los obreros» en China, es indudable que Shirin Ebadi habla a tontas y a locas. El gran país asiático ha salvado a cientos de miles de mujeres y hombres del hambre a la que habían sido condenados, en primer lugar, por la agresión y por el embargo que había proclamado Occidente.

En estos días se puede leer en todos los órganos de prensa que los salarios de los obreros están progresando a un ritmo bastante rápido. En todo caso, si bien el bloqueo contra Cuba afecta exclusivamente a los habitantes de esa isla, un posible embargo contra China provocaría una crisis económica planetaria, con consecuencias devastadoras incluso para las masas populares occidentales, y habría que decirle adiós a los derechos humanos (o por lo menos a los derechos económicos y sociales).

No cabe duda. La señora que recibió el «Premio Nobel de la Paz» en 2003 es una ideóloga de la guerra, mediocre y provinciana.
¿Quisieron acaso recompensar así a una activista que, no en el plano internacional pero sí al menos dentro de Irán, afirma ser una defensora de los derechos humanos?
De ser esa la intención de los señores de Oslo, habrían tenido que darle el premio Nobel a Mohamed Mosadegh, el hombre que, a principios de los años 1950, se comprometió a construir un Irán democrático pero que, por atreverse a nacionalizar la industria petrolera, fue derrocado mediante un golpe de Estado organizado por Gran Bretaña y Estados Unidos, los mismos países que hoy se erigen en campeones de la «democracia» y de los «derechos humanos».

¿Acaso trataron los señores de Oslo de recompensar a algún valiente opositor de la feroz dictadura del chah, que contó con el apoyo de los habituales pero improbables campeones de la causa de la «democracia» y de los «derechos humanos»?
¿Por qué le dieron entonces el «Premio Nobel de la Paz» a Shirin Ebadi en 2003?

En aquel momento, mientras el interminable martirio del pueblo palestino se recrudecía aún más, ya se perfilaba claramente la cruzada contra Irán.
Atribuir un reconocimiento a una militante palestina hubiese sido una verdadera contribución a la causa de la distensión y de la paz en el Medio Oriente.

¿No hay acaso militantes palestinos «no violentos»?
Es difícil calificar de «no violento» a Obama, el líder de un país que está metido en varias guerras a la vez y que gasta en armamento, él sólo, tanto dinero como todos los demás países del mundo juntos.
En todo caso, en Palestina no escasean los «no violentos», y son no violentos todos los militantes que desde todo el mundo llegan a Palestina para defender a sus habitantes contra una abrumadora violencia y que han sido incluso aplastados por los tanques o los buldózeres del ejército ocupante.

Sin embargo, los señores de Oslo prefirieron recompensar a una militante que desde entonces no ha dejado de atizar el fuego de la guerra contra Irán, en primer lugar, y que ahora hace lo mismo contra China.
Luego de la consagración y la transfiguración de Liu Xiaobo, el presidente estadounidense intervino rápidamente, y pidió la liberación inmediata del «disidente».

¿Por qué no libera, mientras tanto, a los detenidos sin juicio que se encuentran en Guantánamo?
¿O por qué no presiona al menos a favor de la liberación de los innumerables palestinos, que a veces son apenas adolescentes, encarcelados por Israel, como reconoce incluso la prensa occidental, en espantosos complejos carcelarios?

Los señores de Oslo, Estados Unidos y China

Obama es otro caso de «Premio Nobel de la Paz» que reúne características bastante singulares. Cuando lo recibió, el año pasado, había declarado que tenía intenciones de reforzar la presencia militar de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán y de impulsar las operaciones de guerra.

Ya después de recibir el espaldarazo que constituye el prestigioso reconocimiento que había recibido en Oslo, Obama fue fiel a su palabra. Son ahora más numerosos que en la época de Bush los escuadrones de la muerte que, desde el cielo, «eliminan» «terroristas», potenciales «terroristas» y sospechosos de «terrorismo».

Los helicópteros y aviones sin piloto que se desempeñan como escuadrones de la muerte son también numerosos en Pakistán, como también son numerosas las víctimas «colaterales» que provocan. La indignación popular es tan grande y se extiende tanto que hasta los propios gobernantes de Kabul e Islamabad se sienten obligados a protestar ante Washington. Pero Obama no se deja impresionar. ¡Y sigue exhibiendo su «Premio Nobel de la Paz»!

En estos últimos días se filtró una noticia escalofriante. Hay en Afganistán militares estadounidenses que matan civiles inocentes por diversión y que conservan alguna parte del cuerpo de sus víctimas como recuerdo de caza.
La administración estadounidense se apresuró inmediatamente a bloquear la difusión de más detalles y, sobre todo, de las fotos.

Conmocionada, la opinión pública estadounidense e internacional hubiese podido decidirse a presionar por el fin de la guerra en Afganistán. Para poder continuar esa guerra, y hacerla aún más dura, el «Premio Nobel de la Paz» prefirió asestar también un golpe a la libertad de prensa.

También podemos hacer aquí una observación de carácter general. Durante el siglo 20, Estados Unidos es el país que más repetidamente ha visto a sus estadistas recibir el «Premio Nobel de la Paz»:
- Theodore Roosevelt, el mismo que estimaba que el único indio «bueno» era un indio muerto;
- Henry Kissinger, el protagonista del golpe de Estado en Chile y de la guerra de Vietnam;
- James Carter, el promotor del boicot contra los Juegos Olímpicos de Moscú, en 1980, y de la prohibición de exportar trigo a la URSS cuando la intervención en Afganistán contra los freedom fighters musulmanes; y
- Barack Obama, quien ahora interviene contra los freedoms fighters –convertidos entretanto en terroristas– y utiliza contra ellos una monstruosa maquinaria de guerra.

Veamos ahora, por otro lado, cómo se posicionan los señores de Oslo cuando se trata de China. Ese país, que representa a una cuarta parte de la humanidad, no se ha visto implicado en ninguna guerra en los últimos 30 años y ha promovido un desarrollo económico que al liberar de la miseria y el hambre a cientos de millones de hombres y mujeres les ha dado acceso, en todo caso, a los derechos económicos y sociales.

Pero los señores de Oslo sólo se han dignado a tomar en cuenta a ese país para otorgar tres premios a tres «disidentes»:
en 1989, le entregaron el «Premio Nobel de la Paz» al 14º Dalai Lama, quien abandonó China hace ya 30 años;
- en 2000 le dieron el Nóbel de literatura a Gao Xingjan, escritor que ya por entonces era ciudadano francés;
- en 2010 le otorgan el «Premio Nobel de la Paz» a otro disidente que, después de haber vivido en Estados Unidos e impartido clases en la Universidad de Columbia, regresa a China «rápidamente» [2] para participar en la revuelta (ciertamente no pacífica) de la Plaza Tiananmen.

Aún hoy en día, ese personaje habla de su pueblo de la siguiente manera:
«Nosotros los chinos, tan brutales» [3]. O sea, para los señores de Oslo la causa de la paz está representada por un país (Estados Unidos) que se cree a menudo investido de la divina misión de guiar el mundo, que ha instalado y sigue instalando amenazadoras bases militares a través de todo el planeta.

Pero en China, que no tiene ninguna base militar en el extranjero, país con una civilización milenaria y que al cabo de un siglo de humillaciones y de miseria impuestos por el capitalismo está recuperando su antiguo esplendor, los representantes de la causa de la paz –y de la cultura– son sólo tres «disidentes» que ya no tienen mucho que ver con el pueblo chino y que ven a Occidente como el único faro que ilumina el mundo.

Es indudable que estamos viendo, en la política de los señores de Oslo, el resurgimiento de la antigua arrogancia colonialista e imperialista.

Mientras resuenan en Australia voces inquietas ante los riesgos de guerra, en Oslo se da un nuevo brillo a una ideología de guerra de funesta memoria:
recordemos que las guerras del opio fueron elogiadas en su época por J. S. Mill como una contribución a la causa de la «libertad» y del «comprador» además de la del vendedor (de opio), mientras que Tocqueville la presentaba como una contribución a la causa de la lucha contra el «inmovilismo» chino.

No son muy diferentes las consignas que hoy agita la prensa occidental, prensa que –dicho sea de paso– no se cansa de denunciar el eterno despotismo oriental.
Por muy nobles que sean sus intenciones, el comportamiento real de los señores del «Premio Nobel de la Paz» sólo merece hoy en día el Nóbel de la guerra.

Red Voltaire


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miércoles, 23 de junio de 2010

Identificaron variedad de genes particulares en los tibetanos

Por Anastasia Gubin – La Gran Época

Un grupo de científicos investigaron la sangre de los Sherpas en Tíbet y descubrieron que poseen una variante genética que les permite utilizar el oxígeno en manera más eficiente que los chinos y japoneses que viven a nivel del mar.

Según la revista Science, el informe que publicó el 13 de mayo, no descarta la hipótesis de que una adaptación natural al ambiente favoreció tal variante de genes en los tibetanos, sin embargo hacen notar que la base genética del porqué aún se desconoce.

En el Tíbet muchas personas tienen menos cantidad de lo normal de hemoglobina en la sangre. Este fenómeno es único en el mundo, solo se encuentra en esta región.

Para que la poca cantidad de oxígeno que hay en las alturas llegue a las extremidades en el organismo de los tibetanos debe producirse un balance interno muy particular relacionado con la variedad de los genes, explica el informe.

Los científicos analizaron segmentos de ADN que incluyen 247 genes relacionados a la regulación de oxígeno y fenómenos de hipoxia o falta de O2. Incluyeron muestras de 31 tibetanos, 45 chinos y 45 japoneses. Solo entre aquellas del Tíbet se encontró una variedad en los genes EGLN1 y PPARA que están asociados al buen uso del O2 con baja hemoglobina. No se encontraron diferencias en las muestras de chinos y japoneses.

Desde siempre alpinistas e investigadores de todo el mundo se preguntan cómo estas personas pueden vivir tranquilamente a 4.500 metros de altura sin problemas.

Los científicos se concentraron en hacer un limitado número de muestras que no incluye toda la población tibetana de altura pero representa sin lugar a dudas un gran aporte al estudio.

Para elegir la población del Tíbet se incluyeron tomas de sangre a no fumadores y sin enfermedades crónicas residentes en Madou County, en la provincia de Qinhai a 4.350 metros de altura. El grupo selecto fueron personas de clanes semi nómades.

Existen evidencias, en estudios previos, que cazadores y cosechadores ocuparon el altiplano tibetano 25 mil años atrás.

De acuerdo con los hallazgos de este análisis se puede decir que existe una distinción entre los Tibetanos y los habitantes del Asia Oriental, es decir, chinos y japoneses.

El siguiente paso del estudio, concluyeron los científicos, será ver cómo esta variante genética realmente regula el nivel de oxígeno en el cuerpo.

Respecto a ésto en un estudio anterior, el médico deportólogo Hans Hoppeler de la Universidad de Berne confirmó que por razones genéticas hubo una gran diferencia entre la masa muscular de los sherpas (tibetanos) y de 2 alpinistas de Suiza luego que escalaron el Everest.

Los los alpinistas suizos sufrieron “una seria degradación muscular, con pérdida de masa muscular y de la capacidad oxidativa”, al contrario de los Sherpas que se mantuvieron con muy buena salud.

Según Hoppeler, a los tibetanos se les encontró cantidades elevadas de enzimas radicales y antioxidantes, la glutation-S-transferasa y otra enzima, la enoil coenzima A hidratasa que mejoran la producción de energía celular.

Los tibetanos expanden sus vasos sanguíneos para así poder dar oxígeno a todo el cuerpo mas eficazmente y esto es una particularidad genética.

Según un estudio realizado por Cynthia Beall, Antropóloga de la Universidad de Cleveland, Ohio, los pulmones de los tibetanos sintetizan una gran cantidad de gas llamado oxido nítrico, presente en el aire que respiramos, que ayuda a expandir los vasos sanguíneos.

Lo que aún queda por investigar son los genes de los etíopes, que viven a 3500 metros de altura, pues un estudio conducido por Beall, demostró que no respiran mas rápidamente y tampoco sintetizan más óxido nítrico como los tibetanos, y tampoco tienen más hemoglobina como los andinos.

Un grupo de científicos investigaron la sangre de los Sherpas en Tíbet y descubrieron que poseen una variante genética que les permite utilizar el oxígeno en manera más eficiente que los chinos y japoneses que viven a nivel del mar.

Según la revista Science, el informe que publicó el 13 de mayo, no descarta la hipótesis de que una adaptación natural al ambiente favoreció tal variante de genes en los tibetanos, sin embargo hacen notar que la base genética del porqué aún se desconoce.

En el Tíbet muchas personas tienen menos cantidad de lo normal de hemoglobina en la sangre. Este fenómeno es único en el mundo, solo se encuentra en esta región.

Para que la poca cantidad de oxígeno que hay en las alturas llegue a las extremidades en el organismo de los tibetanos debe producirse un balance interno muy particular relacionado con la variedad de los genes, explica el informe.

Los científicos analizaron segmentos de ADN que incluyen 247 genes relacionados a la regulación de oxígeno y fenómenos de hipoxia o falta de O2. Incluyeron muestras de 31 tibetanos, 45 chinos y 45 japoneses. Solo entre aquellas del Tíbet se encontró una variedad en los genes EGLN1 y PPARA que están asociados al buen uso del O2 con baja hemoglobina. No se encontraron diferencias en las muestras de chinos y japoneses.

Desde siempre alpinistas e investigadores de todo el mundo se preguntan cómo estas personas pueden vivir tranquilamente a 4.500 metros de altura sin problemas.

Los científicos se concentraron en hacer un limitado número de muestras que no incluye toda la población tibetana de altura pero representa sin lugar a dudas un gran aporte al estudio.

Para elegir la población del Tíbet se incluyeron tomas de sangre a no fumadores y sin enfermedades crónicas residentes en Madou County, en la provincia de Qinhai a 4.350 metros de altura. El grupo selecto fueron personas de clanes semi nómades.

Existen evidencias, en estudios previos, que cazadores y cosechadores ocuparon el altiplano tibetano 25 mil años atrás.

De acuerdo con los hallazgos de este análisis se puede decir que existe una distinción entre los Tibetanos y los habitantes del Asia Oriental, es decir, chinos y japoneses.

El siguiente paso del estudio, concluyeron los científicos, será ver cómo esta variante genética realmente regula el nivel de oxígeno en el cuerpo.

Respecto a ésto en un estudio anterior, el médico deportólogo Hans Hoppeler de la Universidad de Berne confirmó que por razones genéticas hubo una gran diferencia entre la masa muscular de los sherpas (tibetanos) y de 2 alpinistas de Suiza luego que escalaron el Everest.

Los los alpinistas suizos sufrieron “una seria degradación muscular, con pérdida de masa muscular y de la capacidad oxidativa”, al contrario de los Sherpas que se mantuvieron con muy buena salud.

Según Hoppeler, a los tibetanos se les encontró cantidades elevadas de enzimas radicales y antioxidantes, la glutation-S-transferasa y otra enzima, la enoil coenzima A hidratasa que mejoran la producción de energía celular.

Los tibetanos expanden sus vasos sanguíneos para así poder dar oxígeno a todo el cuerpo mas eficazmente y esto es una particularidad genética.

Según un estudio realizado por Cynthia Beall, Antropóloga de la Universidad de Cleveland, Ohio, los pulmones de los tibetanos sintetizan una gran cantidad de gas llamado oxido nítrico, presente en el aire que respiramos, que ayuda a expandir los vasos sanguíneos.

Lo que aún queda por investigar son los genes de los etíopes, que viven a 3500 metros de altura, pues un estudio conducido por Beall, demostró que no respiran mas rápidamente y tampoco sintetizan más óxido nítrico como los tibetanos, y tampoco tienen más hemoglobina como los andinos.

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