Por Manlio Dinucci
Il Manifesto (Italia)
Blog informativo y de entretenimiento acerca de la cultura oriental en general, y en particular de China
Por Domenico Losurdo |
Partidario de la recolonización de China por parte de los occidentales, Lui Xiaobo es el laureado del Premio Nóbel de la Paz correspondiente a 2010. |
En 1988, Liu Xiaobo declaró en una entrevista que China tenía que mantenerse sometida a 300 años de dominación colonial para convertirse en un país decente, de corte evidentemente occidental.
En 2007, Liu Xiaobo reafirmó su tesis y se pronunció a favor de una privatización radical de toda la economía china.
No estoy haciendo más que repetir las informaciones provenientes de un artículo de Barry Sautman y Yan Hairong publicado en el South China Morning Post (Hong Kong) [1], que no es precisamente un diario favorable a las posiciones de Pekín. Por el contrario, en ese mismo artículo se critica al gobierno chino por haber castigado una opinión, por muy «ignoble» [juego de palabras intraducible entre el nombre del premio y el término inglés que designa algo vil, bajo o abjecto, NdT.] que fuera, con la cárcel y no con la crítica.
Quisiera, por mi parte, hacer aquí algunas observaciones. Los manuales de historia occidentales señalan que las guerras del opio abrieron el periodo más trágico de la historia de China. Un país que gozaba de una antiquísima civilización fue entonces literalmente «crucificado», escriben eminentes historiadores. A fines del siglo XIX, las muertes en masa por inanición se convierten en algo común y corriente. Pero, según Liu Xiaobo, aquel periodo colonial no fue lo bastante largo. ¡Tenía que haber durado tres veces más!
Lo menos que se puede decir es que nos encontramos ante una forma de «negacionismo». Occidente no vacila en mandar a la cárcel a los «negacionistas» cuando se trata de negar las infamias perpetradas contra el pueblo judío, ¡pero entrega el «Nobel de la Paz» a los «negacionistas» que niegan las infamias que cometió el colonialismo contra el pueblo chino! Por desgracia, la posición de la izquierda no es muy diferente.
Esa misma izquierda se cuidó mucho de condenar en su momento la detención de David Irving y de otros representantes de esa corriente, que aún están en prisión, pero ahora se dedica a cantar alabanzas a favor de Liu Xiaobo.
Este último no se ha limitado, por cierto, a expresar opiniones, por muy «ignobles» que sean, como reconoce el South China Morning Post). Luego de pronunciarse, en 1988, a favor de tres siglos de dominación colonial en China, al año siguiente volvió corriendo (¿por iniciativa propia?) de Estados Unidos a China para participar en la revuelta de la plaza Tiananmen y comprometerse a realizar su sueño [2].
Y sigue trabajando para realizar su sueño, como lo demuestra una entrevista concedida en 2006 a un periodista sueco, entrevista en la que celebra la guerra estadounidense contra Irak como medio de exportación de la democracia. O sea, estamos en presencia de un personaje que invoca directamente la dominación colonial contra su propio país y también, indirectamente, la guerra de agresión.
Un sueño que le ha valido tanto hallarse detenido en las prisiones chinas como recibir el «Premio Nóbel de la Paz».
Domenico Losurdo
Filósofo e historiador comunista, profesor en la universidad de Urbino (Italia). Última obra publicada en francés: “Nietzsche philosophe réactionnaire: Pour une biographie politique”.Los artículos de esta autor en Red Voltaire
Referencias: [1] «Medal contention», par Barry Sautman et Yan Hairong, South China Morning Post, 12 octobre 2010. |
Fuente: Lo que no dice el jurado del Premio Nóbel |
Por Domenico Losurdo
Ignorando las instrucciones que dejara el propio Alfred Nobel, el jurado del premio Nobel ya no está recompensando el coraje en el trabajo por la paz sino la utilidad mediática al servicio del imperialismo. La lista de los más recientes laureados con ese premio no es más que una enumeración de personalidades que sirven de coartada a la aplicación de políticas coercitivas y de pretexto para justificar las guerras. El más reciente es el premio Nobel de la Paz de 2010, concedido a un «disidente» chino como medio de justificar la política de containement en contra de China, señala el filósofo Domenico Losurdo.
Un recio debate se ha desatado en Australia en las últimas semanas.
En un artículo publicado en Quartely Essay y del que se adelantaron algunos aspectos en el The Australian, Hugh White lanzó un llamado de advertencia sobre una serie de inquietantes procesos actualmente en marcha:
ante el ascenso de China, Washington está respondiendo con la tradicional política de containment (se puede traducir como política de contención), mediante el amenazantefortalecimiento de su potencial y sus alianzas militares.
En respuesta, Pekín no se deja intimidar ni «contener». Todo lo anterior puede provocar en Asia una polarización de alianzas adversarias y dar lugar al surgimiento de «un riesgo real y creciente de guerra de grandes proporciones e incluso de guerra nuclear».
El autor de esta advertencia está lejos de ser un don Nadie. Tiene en su aval una larga carrera como analista en cuestiones de defensa y de política exterior y forma parte, en cierta forma, del establishment intelectual. No por casualidad su artículo ha desatado un debate nacional, en el que también ha participado la primera ministra, Julia Gillard, quien ha reafirmado la necesidad del vínculo privilegiado con Estados Unidos.
Pero los sectores extremistas australianos han ido mucho más lejos al afirmar que hay que comprometerse a fondo con una Gran Alianza de las democracias contra los déspotas de Pekín. No queda duda alguna. La ideología de la guerra contra China se basa en una ideología existente desde hace mucho que justifica y hasta celebra las agresiones militares y las guerras de Occidente en nombre de la «democracia» y de los «derechos humanos».
Y ahora resulta que se otorga el «Premio Nobel de la Paz» al «disidente» chino Liu Xiaobo. Esa maniobra no podía producirse en momento más oportuno, sobre todo teniendo en cuenta la amenaza de guerra comercial esgrimida contra China, ahora de manera abierta y solemne, por el Congreso de Estados Unidos.
Entre los primeros en felicitarse por la selección de los señores de Oslo estuvo la señora Shirin Ebadi, quien inmediatamente añadió aún más sal a la sopa:
«China no sólo es un país que viola los derechos humanos. Es también un país que apoya y ayuda a numerosos regímenes que los violan, como los que están en el poder en Sudán, en Birmania, Corea del Norte, Irán…»
Agregó además que es un país responsable de la «gran explotación de los obreros». Por lo tanto, hay que boicotear «los productos chinos» y «limitar al máximo los intercambios económicos y comerciales con China» [1].
Digámoslo una vez más: la contribución a la ideología de la guerra emprendida en nombre de la «democracia» y de los «derechos humanos» no puede ser más clara, y la declaración de guerra comercial es evidente.
Entonces, ¿por qué se le otorgó el «Premio Nobel de la Paz» en 2003 a Shirin Ebadi? Se le dio ese premio a una señora cuya visión de las relaciones internacionales es maniquea. En su lista de violaciones de los derechos humanos no hay cabida para Abu Ghraib ni para Guantánamo, ni para los bombardeos y guerras desatados con pretextos falsos y mentiras, ni para el uranio empobrecido, ni para los embargos con características genocidas que desafían a la aplastante mayoría de los miembros de la ONU y de la comunidad internacional…
En cuanto a la «gran explotación de los obreros» en China, es indudable que Shirin Ebadi habla a tontas y a locas. El gran país asiático ha salvado a cientos de miles de mujeres y hombres del hambre a la que habían sido condenados, en primer lugar, por la agresión y por el embargo que había proclamado Occidente.
En estos días se puede leer en todos los órganos de prensa que los salarios de los obreros están progresando a un ritmo bastante rápido. En todo caso, si bien el bloqueo contra Cuba afecta exclusivamente a los habitantes de esa isla, un posible embargo contra China provocaría una crisis económica planetaria, con consecuencias devastadoras incluso para las masas populares occidentales, y habría que decirle adiós a los derechos humanos (o por lo menos a los derechos económicos y sociales).
No cabe duda. La señora que recibió el «Premio Nobel de la Paz» en 2003 es una ideóloga de la guerra, mediocre y provinciana.
¿Quisieron acaso recompensar así a una activista que, no en el plano internacional pero sí al menos dentro de Irán, afirma ser una defensora de los derechos humanos?
De ser esa la intención de los señores de Oslo, habrían tenido que darle el premio Nobel a Mohamed Mosadegh, el hombre que, a principios de los años 1950, se comprometió a construir un Irán democrático pero que, por atreverse a nacionalizar la industria petrolera, fue derrocado mediante un golpe de Estado organizado por Gran Bretaña y Estados Unidos, los mismos países que hoy se erigen en campeones de la «democracia» y de los «derechos humanos».
¿Acaso trataron los señores de Oslo de recompensar a algún valiente opositor de la feroz dictadura del chah, que contó con el apoyo de los habituales pero improbables campeones de la causa de la «democracia» y de los «derechos humanos»?
¿Por qué le dieron entonces el «Premio Nobel de la Paz» a Shirin Ebadi en 2003?
En aquel momento, mientras el interminable martirio del pueblo palestino se recrudecía aún más, ya se perfilaba claramente la cruzada contra Irán.
Atribuir un reconocimiento a una militante palestina hubiese sido una verdadera contribución a la causa de la distensión y de la paz en el Medio Oriente.
¿No hay acaso militantes palestinos «no violentos»?
Es difícil calificar de «no violento» a Obama, el líder de un país que está metido en varias guerras a la vez y que gasta en armamento, él sólo, tanto dinero como todos los demás países del mundo juntos.
En todo caso, en Palestina no escasean los «no violentos», y son no violentos todos los militantes que desde todo el mundo llegan a Palestina para defender a sus habitantes contra una abrumadora violencia y que han sido incluso aplastados por los tanques o los buldózeres del ejército ocupante.
Sin embargo, los señores de Oslo prefirieron recompensar a una militante que desde entonces no ha dejado de atizar el fuego de la guerra contra Irán, en primer lugar, y que ahora hace lo mismo contra China.
Luego de la consagración y la transfiguración de Liu Xiaobo, el presidente estadounidense intervino rápidamente, y pidió la liberación inmediata del «disidente».
¿Por qué no libera, mientras tanto, a los detenidos sin juicio que se encuentran en Guantánamo?
¿O por qué no presiona al menos a favor de la liberación de los innumerables palestinos, que a veces son apenas adolescentes, encarcelados por Israel, como reconoce incluso la prensa occidental, en espantosos complejos carcelarios?
Obama es otro caso de «Premio Nobel de la Paz» que reúne características bastante singulares. Cuando lo recibió, el año pasado, había declarado que tenía intenciones de reforzar la presencia militar de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán y de impulsar las operaciones de guerra.
Ya después de recibir el espaldarazo que constituye el prestigioso reconocimiento que había recibido en Oslo, Obama fue fiel a su palabra. Son ahora más numerosos que en la época de Bush los escuadrones de la muerte que, desde el cielo, «eliminan» «terroristas», potenciales «terroristas» y sospechosos de «terrorismo».
Los helicópteros y aviones sin piloto que se desempeñan como escuadrones de la muerte son también numerosos en Pakistán, como también son numerosas las víctimas «colaterales» que provocan. La indignación popular es tan grande y se extiende tanto que hasta los propios gobernantes de Kabul e Islamabad se sienten obligados a protestar ante Washington. Pero Obama no se deja impresionar. ¡Y sigue exhibiendo su «Premio Nobel de la Paz»!
En estos últimos días se filtró una noticia escalofriante. Hay en Afganistán militares estadounidenses que matan civiles inocentes por diversión y que conservan alguna parte del cuerpo de sus víctimas como recuerdo de caza.
La administración estadounidense se apresuró inmediatamente a bloquear la difusión de más detalles y, sobre todo, de las fotos.
Conmocionada, la opinión pública estadounidense e internacional hubiese podido decidirse a presionar por el fin de la guerra en Afganistán. Para poder continuar esa guerra, y hacerla aún más dura, el «Premio Nobel de la Paz» prefirió asestar también un golpe a la libertad de prensa.
También podemos hacer aquí una observación de carácter general. Durante el siglo 20, Estados Unidos es el país que más repetidamente ha visto a sus estadistas recibir el «Premio Nobel de la Paz»: Theodore Roosevelt, el mismo que estimaba que el único indio «bueno» era un indio muerto;
Henry Kissinger, el protagonista del golpe de Estado en Chile y de la guerra de Vietnam;
James Carter, el promotor del boicot contra los Juegos Olímpicos de Moscú, en 1980, y de la prohibición de exportar trigo a la URSS cuando la intervención en Afganistán contra los freedom fighters musulmanes; y
Barack Obama, quien ahora interviene contra los freedoms fighters –convertidos entretanto en terroristas– y utiliza contra ellos una monstruosa maquinaria de guerra.
Veamos ahora, por otro lado, cómo se posicionan los señores de Oslo cuando se trata de China. Ese país, que representa a una cuarta parte de la humanidad, no se ha visto implicado en ninguna guerra en los últimos 30 años y ha promovido un desarrollo económico que al liberar de la miseria y el hambre a cientos de millones de hombres y mujeres les ha dado acceso, en todo caso, a los derechos económicos y sociales.
Pero los señores de Oslo sólo se han dignado a tomar en cuenta a ese país para otorgar tres premios a tres «disidentes»:
en 1989, le entregaron el «Premio Nobel de la Paz» al 14º Dalai Lama, quien abandonó China hace ya 30 años; en 2000 le dieron el Nóbel de literatura a Gao Xingjan, escritor que ya por entonces era ciudadano francés;
en 2010 le otorgan el «Premio Nobel de la Paz» a otro disidente que, después de haber vivido en Estados Unidos e impartido clases en la Universidad de Columbia, regresa a China «rápidamente» [2] para participar en la revuelta (ciertamente no pacífica) de la Plaza Tiananmen.
Aún hoy en día, ese personaje habla de su pueblo de la siguiente manera:
«Nosotros los chinos, tan brutales» [3]. O sea, para los señores de Oslo la causa de la paz está representada por un país (Estados Unidos) que se cree a menudo investido de la divina misión de guiar el mundo, que ha instalado y sigue instalando amenazadoras bases militares a través de todo el planeta.
Pero en China, que no tiene ninguna base militar en el extranjero, país con una civilización milenaria y que al cabo de un siglo de humillaciones y de miseria impuestos por el capitalismo está recuperando su antiguo esplendor, los representantes de la causa de la paz –y de la cultura– son sólo tres «disidentes» que ya no tienen mucho que ver con el pueblo chino y que ven a Occidente como el único faro que ilumina el mundo.
Es indudable que estamos viendo, en la política de los señores de Oslo, el resurgimiento de la antigua arrogancia colonialista e imperialista.
Mientras resuenan en Australia voces inquietas ante los riesgos de guerra, en Oslo se da un nuevo brillo a una ideología de guerra de funesta memoria:
recordemos que las guerras del opio fueron elogiadas en su época por J. S. Mill como una contribución a la causa de la «libertad» y del «comprador» además de la del vendedor (de opio), mientras que Tocqueville la presentaba como una contribución a la causa de la lucha contra el «inmovilismo» chino.
No son muy diferentes las consignas que hoy agita la prensa occidental, prensa que –dicho sea de paso– no se cansa de denunciar el eterno despotismo oriental.
Por muy nobles que sean sus intenciones, el comportamiento real de los señores del «Premio Nobel de la Paz» sólo merece hoy en día el Nóbel de la guerra.
Red Voltaire
Alrededor de las 10:00 del día de10, el humo del incienso envolvió al Templo Drepung en la ciudad santa de Lhasa. Peregrinos ataviados con los trajes tibetanos más tradicionales y con molinillos de oraciones hacían reverencias en las calles.
Dentro del templo, los lamas cantaban las escrituras mientras que los peregrinos hacían reverencias frente a la estatua de Buda. Un peregrino se sentó frente a un lama y recibió bendiciones.
Algunos trabajadores tibetanos del sector de la construcción también estaban ahí, ocupados renovando el salón principal del templo.
Alrededor del Palacio Potala en el Templo Jokhang, había ríos de peregrinos cantando escrituras y haciendo reverencias para pronunciar largas oraciones.
Esa misma mañana, el Dalai Lama culpó al gobierno central por pretender “aniquilar de manera deliberada al Budismo” durante su discurso para conmemorar el 51 aniversario de su exilio.
En su discurso pronunciado en el pueblo de Dharamshala en el norte de India, la sede de su “gobierno en el exilio”, el Dalai Lama dijo que el gobierno chino “está poniendo a los monjes y monjas en condiciones similares a las de una prisión”.
“Las declaraciones del Dalai Lama confunden el negro con el blanco”, djio Sun Yong, director adjunto e investigador de la Academia de Ciencias Sociales de la región autónoma del Tíbet.
Kelzang Yeshe, investigador de la Academia de Ciencias Sociales de China, dijo que para proteger de mejor manera al Budismo, el país ha invertido desde su reforma y apertura más de 700 millones de yuanes para mantener a los monasterios en la región autónoma del Tíbet.
“En los monasterios, los monjes realizan con libertad sus prácticas religiosas y aprenden las escrituras. Sin embargo, los monjes también son ciudadanos chinos. Por eso necesitan recibir una educación patriótica. Es una práctica normal”, dijo.
Zhang Yun, investigador del Centro de Investigación sobre el Tíbet de China, dijo que las personas fácilmente pueden darse cuenta de que la acusación del Dalai Lama es infundada si visitan los monasterio del Tíbet.
“El Dalai Lama tiene sus propios motivos políticos ocultos al decirlo”, añadió.
Pasang Wangdu, investigador de la Asociación Internacional de Estudios Tibetanos, dijo que existen más de 1.700 monasterios y 46.000 monjes en la región autónoma del Tíbet. “Tenemos suficientes sedes religiosas y las personas disfrutan de una libertad religiosa total”.
“Es el Dalai Lama quien siempre hace uso de los monasterios para realizar actividades separatistas. Es una tradición mundial que la religión no interfiera con el sistema judicial y administrativo del país”, dijo Sun Yong.
Ningún país en el mundo toleraría a los separatistas sin importar quienes sean, monjes o laicos, añadió.
“El Dalai Lama debe admitir que el Tíbet es una parte inalienable de China y el gobierno de la República Popular China es el único gobierno legal que representa a China. Las pláticas entre el gobierno central y los enviados privados del Dalai Lama, son en esencia pláticas entre el pueblo chino. La interferencia extranjera es inaceptable”, dijo Sun.
En su discurso, el Dalai Lama expresó sus temores por el “daño” a la cultura y el lenguaje tibetano, así como por el entorno natural de la meseta del Tíbet.
En los últimos ocho años los gobiernos central y regional han invertido más de 6.000 millones de yuanes en la conservación ecológica y la protección ambiental del Tíbet, mientras que otro programa de protección ambiental con una inversión total de 9.800 millones de yuanes ya fue aprobado, anunció el domingo el gobierno regional del Tíbet.
Se ha implementado ampliamente una educación obligatoria de nueve años en el Tíbet. La tasa local de analfabetismo cayó de 98 por ciento hace 50 años al actual 2,4 por ciento. Las escuelas locales enseñan tibetano y mandarín.
De diciembre de 2006 a 2009, el gobierno regional del Tíbet inició una encuesta amplia sobre patrimonio cultural intangible y descubrió 406 objetos que son patrimonio cultural intangible. Los gobiernos central y regional han destinado 24 millones de yuanes para la protección del patrimonio cultual intangible.
“Las preocupaciones del Dalai Lama son realmente innecesarias”, dijo Zhang Yun. (Xinhua)
11/03/2010
Pekín, 12 de marzo. China publicó hoy un informe sobre la situación de los derechos humanos en Estados Unidos, en el cual afirma que el mundo sufre un serio desastre
por la crisis financiera inducida por grandes firmas bancarias y de bienes raíces, señala que la libertad de prensa está subordinada a lo que llamanintereses nacionales
y es manipulada por el gobierno, y destaca que Washington monopoliza 10 de los 12 servidores centrales de Internet en el mundo y pretende impulsar su hegemonía con el argumento de la libertad en la red.
El documento, titulado Registro de los derechos humanos de Estados Unidos en 2009, aborda temas como la seguridad personal y de la propiedad, los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, las garantías de las mujeres y los niños, así como las violaciones a los derechos básicos por Washington en otros países.
El texto, difundido este viernes por la Oficina de Información del Consejo de Estado chino, fue en respuesta al reporte elaborado por el Departamento de Estado estadunidense, que la víspera dio a conocer su evaluación anual sobre derechos humanos en el mundo durante 2009.
El reporte fue elaborado con base en artículos de la prensa estadunidense e informes de organizaciones no gubernamentales. De manera similar al documento anual estadunidense, el texto chino separa por capítulos los temas, con títulos como Pisoteando la soberanía de otros países y sus derechos humanos
, yEspiando a los ciudadanos
.
El documento acusa que el informe anual estadunidense es un instrumento político que interfiere en los asuntos internos de otros países, difama la imagen de otras naciones y persigue los intereses estratégicos de Washington.
Como en años anteriores, el informe está lleno de acusaciones sobre la situación de los derechos humanos en más de 190 países y regiones, incluida China, pero no dice nada sobre los abusos contra garantías básicas en su territorio
ni sobre los excesos que comete con su poder militar, indica el texto chino.
Al tiempo que el mundo sufre un serio desastre en derechos humanos causado por la crisis financiera global inducida por Estados Unidos, el gobierno sigue haciendo caso omiso a sus problemas de derechos humanos y sólo apunta a los de otros países. Es realmente una pena
, subraya.
Destaca que Estados Unidos no permite la libertad de prensa y expresión, y remite a los casos de escuchas telefónicas, control y monitoreo de Internet después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, así como a la iniciativa del Congreso de imponer sanciones a cadenas árabes de televisión por satélite.
Durante la jornada, ningún medio informativo en Estados Unidos había dado a conocer el informe chino. Ni los canales de CNN en inglés o español ni la National Public Radio, o los sitios en Internet de diarios como el New York Times o The Washington Post, habían difundido nada.
Para recibir mas articulos como este,La historia del Tíbet, como en la edad media pero sin ruedas.
Para encontrarnos con un Tíbet como nación separada de China hay que remontarse a la dinastía de los Tubo que reinó en Tibet del siglo VII al IX.
El Tíbet formaba parte de China desde el siglo XIII hasta 1911.
Esto se remonta a Kublai Khan, fundador de la dinastía mongol en China en el siglo XIII, que utilizó el budismo tibetano para legitimar su autoridad.
Cuando la dinastía Ming retomó el control del imperio, en el siglo XIV-XVI no se interesó mucho por esa lejana provincia que quedó anexada a China pasivamente hasta que la dinastía Manchú hizo del Tíbet una de las 17 provincias chinas en el siglo XVIII.
A finales del siglo XIX el imperio británico invadió el Tíbet e instaló sus oficinas comerciales.
En 1904 el imperio chino ya en plena decadencia no pudo resistir la invasión de los colonialistas ingleses.
Gran Bretaña envió una fuerza militar desde su colonia india que conquistó Lhasa, masacrando a centenares o miles de tibetanos y lo transformó en una semi colonia británica (65)
Así que la independencia del Tíbet es muy relativa; fue orquestada por el Imperio Británico.
En 1908 China, aprovechando la salida de los británicos, retomó el control del país.
Después llegó el hundimiento del imperio chino y la instauración de la República en 1911, aunque ningún país lo reconoció nunca como estado independiente.
Cuando el Tíbet era independiente el pueblo soportaba una feroz teocracia feudal, una sociedad esclavista en pleno siglo XX.
“Cuando el Dalai Lama y la clase de los propietarios estaban en el poder en Tíbet, el 95% de la población eran siervos feudales, sin ningún derecho humano. Podían ser vendidos como mercancías”(66, 67).
¿Piensas que es propaganda comunista?
No
Muchos autores occidentales coinciden en ello.
Pradyumna Karan, que no era precisamente comunista, sino reconocido simpatizante de la teocracia, admite que “una gran parte de los bienes raíces pertenecía a los monasterios, y la mayoría de estos amasó inmensas fortunas… Además, monjes individuales y lamas pudieron acumular grandes riquezas mediante su participación activa en el comercio, los negocios y los préstamos de dinero”(68)
Su santidad con el nazi Harrer.
El nazi austriaco Heinrich Harrer, que también simpatizaba con esta sociedad teocrática, describe su encuentro con un funcionario que a pesar de no ser especialmente importante tenía “treinta siervos” y cómo, mientras el pueblo estaba desnutrido, en la mesa de los aristócratas no faltaban “cosas exquisitas provenientes de todos los rincones del mundo”. Estos vivían en una obscena opulencia “zorros azules de Hamburgo, perlas cultivadas de Japón, turquesas de Persia, corales de Italia, ámbar de Berlin y Königsberg” (69) .
Durante la II guerra mundial la elite del Tíbet apoyó extraoficialmente al eje Berlin-Tokio y tuvo relaciones con los dirigentes nazis (70).
Su santidad de joven con el Naci Dr. Bruno Beger convicto de asesinato en masa y crimenes de guerra. Fuente de la foto: Bruno Beger “Meine Begegnungen mit dem Ozean des Wissens” (Mis encuentros con el Oceano de conocimiento”) – Königstein 1986. Encuentros que al parecer no le impidió hacer experimentación humana en el campo de la muerte de Auschwitz Polonia.
De hecho al Dalai Lama tuvo un asesor miembro de las SS de Hitler, como hemos explicado anteriormente.
Una tradición que no se ha olvidado. Hoy el gobierno en el exilio capitaneado por su santidad mantiene una política racista y con el objetivo de preservar la “pureza de su raza” condena los matrimonios mixtos entre tibetanos y los “demás” (71).
Elisabeth Martens bióloga belga que ha pasado 3 años en China estudiando su medicina tradicional y viajado al Tibet, autora de libros sobre el Tibet; Michael Parenti, sociólogo norteamericano; Domenico Losurdo profesor italiano de historia y de filosofía, han hecho extensos trabajos muy recomendables sobre la historia comparada del Tíbet antes y después de la reanexión a China. De ellos y otros, como el dossier de Peter Franssen colaborador de la web del periodista de investigación Michel Collon, extraigo algunas citas que te darán una idea:
Sus enlaces son:
- Elisabeth Martens Tibet : Réponses sur l’Histoire, la religion, la classe des moines, les problèmes sociaux, la répression, le rôle des USA… Entrevista completa por Bénito Perez para ” Le Courrier ” de Genève, le 27 marzo 2008. www.michelcollon.info
- Elisabeth Martens “Histoire du bouddhisme tibétain, la compassion des puissants”, L’Harmattan, 2007.
- Michael Parenti ” Le mythe du Tibet” Feudalismo amistoso: el mito de Tíbet. Traducido para Rebelión por Germán Leyens
http://www.michaelparenti.org
- Domenico Losurdo. Le Tibet, l’impérialisme et la lutte entre progrès et réaction. Mondialisatión. 3 avril 2008.
www.mondialisation.ca/index.php?context=viewArticle&code=LOS20080403&articleId=8540
Domenico Losurdo. “Fuir l’histoire? La révolution russe et la révolution chinoise aujourd’hui” , 2007, éditions Delga (38 rue Dunois, 75013 Paris.)
http://editionsdelga.com/catalogue/c1/p15
- Tibet: ¿Manifestación pacífica o levantamiento armado? Un dossier preparado por Peter Franssen.
www.michelcollon.info
Según una autora china “sólo 626 personas poseían el 93 % de la tierra y la riqueza nacional y el 70 % de los yaks”(72).
La aristocracia laica de todo el Tíet en 1953 no contaba más de 200 familias.
“La clase alta la formaban cerca del 2% de la población y el 3 % eran sus agentes: capataces, administradores de sus fincas y comandantes de sus ejércitos privados. El 80 % eran siervos, el 5 % esclavos y el 10 % eran monjes pobres que trabajaban como peones”.
Los siervos trabajaban forzados durante 16 o 18 horas al día y estaban obligados a entregar a los dueños (que no trabajaban) el 70 % de la cosecha (73).
Si te quejas de los impuestos que tienes que pagar al gobierno, hecha un vistazo a los que tenían que soportar el pueblo tibetano absolutamente por todo.
“La gente en general trabajaba bajo los lastres combinados del trabajo obligatorio sin pago por el señor y onerosos diezmos.
Pagaban impuestos por casarse, por el nacimiento de cada hijo y por cada muerte en la familia. Pagaban impuestos por plantar un nuevo árbol en su patio, por mantener animales domésticos o de corral, por poseer una maceta con flores o por colocar un cencerro sobre un animal. Había impuestos para los festivales religiosos, por cantar, bailar, tocar el tambor y tocar la campana. La gente pagaba impuestos por ir a prisión y por su liberación. Incluso los mendigos pagaban impuestos. Los que no podían encontrar trabajo pagaban impuestos por no tenerlo, y si viajaban a otra aldea en busca de trabajo, pagaban un impuesto por derecho de tránsito.
Cuando la gente no podía pagar, los monasterios le prestaba el dinero con un interés de entre un 20 y un 50 por ciento. Algunas deudas eran pasadas
del padre al hijo, al nieto. Los deudores que no podían pagar sus compromisos podían ser esclavizados durante todo el tiempo exigido por el monasterio, algunas veces por el resto de sus vidas”(74).
La abismal desigualdad era evidente incluso en la muerte. Los cuerpos de los aristócratas eran inhumados o quemados pero los del pueblo eran pasto de los buitres, para contribuir al equilibrio ecológico como dijo un profesor inglés.
Antes de que se reanexara a China la situación sanitaria era desastrosa:
Ni los siervos ni los esclavos recibían educación ni atención sanitaria.
La mortalidad infantil era en 1950 del 430 por mil nacimientos y la esperanza de vida en 1950 era de 35 años.
“La viruela afectaba a una tercera parte de la población y en 1925 exterminó a 7 mil habitantes de Lhasa. La lepra, la tuberculosis, el bocio, el tétanos, la ceguera, las enfermedades venéreas y las ulceras causaban gran mortalidad… Las supersticiones extendidas por los monjes les hacían oponerse a los antibióticos. Les decían a los siervos que las enfermedades y la muerte se debían a los pecados y que la única manera de prevenir las enfermedades era rezar y pagar dinero a los monjes”(75)
La medicina tradicional tenía, como todas, tratamientos útiles algunos de los cuales se conservan como hemos documentado (76).
Sin embargo no faltaban tratamientos basados en la supuesta santidad de las secreciones de los lamas.
“A menudo los lamas hacen unciones a sus pacientes con su santa saliva ; o bien la tsampa y mantequilla son mezclados con orina de los monjes santos para obtener una especie de emulsión que se administra a los enfermos” (77).
No había en Tibet ni electricidad, ni carreteras, ni casi escuelas…. El analfabetismo era del 95%”(78).
La rueda se conocía, naturalmente, pero estaba prohibida por supersticiones budistas como ya he dicho. Muchos trabajos podrían haberse hecho más fácilmente con ella, pero como Harrer reconoce “el gobierno no quería la rueda” (79).
Derechos humanos brillaban por su ausencia.
Respecto a los derechos humanos, la situación era muy simple: Brillaban por su ausencia.
“Desde su nacimiento, los siervos pertenecían a un propietario. Su existencia, su muerte y su matrimonio dependían de la voluntad de su propietario. Tratados como ganado, los siervos podían ser vendidos, comprados, transferidos, propuestos como dote, ofrecidos a título de gracia por otros propietarios de siervos, utilizados para apurar deudas o intercambiados por otros siervos.
Frecuentemente, eran insultados y abatidos o debían afrontar incluso castigos de una destacada violencia: por ejemplo, se les arrancaban los ojos, se les cortaba la lengua o las orejas, las manos o los pies, se les arrancaban los tendones, a no ser que fuesen ahogados o echados al vacío desde la cima de un acantilado”(80).
No podían casarse sin el consentimiento de su señor o lama y cuando lo hacían podían ser separados de su familias cuando a su dueño le viniese en gana. Los siervos podían ser vendidos por sus amos, o sometidos a tortura y muerte (81).
Los siervos no podían usar los mismos asientos, palabras ni utensilios que los dueños. Los castigaban con latigazos si tocaban alguna cosa del propietario. No podían casarse ni salir de una finca sin permiso del amo. Los siervos y las mujeres eran considerados animales parlantes que no tenían derecho a mirar a la cara a los amos. En la capital Lhasa se compraban y vendían niños (82).
Los siervos no podían desplazarse a ninguna parte sin autorización de sus amos, y si intentaban escapar y eran atrapados por sus amos los castigos por intentar huir eran terribles.
Escapar no era fácil como relata un siervo que lo intentó varias veces:
“La primera vez [los hombres del terrateniente] me sorprendieron cuando huía. Yo era muy pequeño y sólo me esposaron y me insultaron. La segunda vez me golpearon. A la tercera vez ya tenía quince años y me dieron cincuenta fuertes latigazos; dos de ellos se me sentaron encima, uno sobre mi cabeza y el otro sobre mis pies. Me salió sangre por la nariz y la boca. El supervisor dijo:”Esto es sólo sangre de la nariz; agarren palos más pesados y sáquenle algo de sangre del cerebro”. Entonces me golpearon con palos más pesados y me echaron alcohol y agua con soda cáustica en las heridas para que me dolieran más. Me desmayé durante dos horas”(83).
La situación de la mujer era un horror, añadiendo a los derechos inexistentes de todos los siervos, además el de de ser consideradas como seres inferiores. De hecho la palabra mujer, kimen en tibetano significaba nacido inferior.
” Las mujeres tenían que rezar “que yo abandone este cuerpo femenino y renazca como varón”. Los jerarcas religiosos les impedían levantar los ojos mas allá de la rodilla de un hombre”(84).
Los aristócratas escogían sus mujeres de entre la población de siervos. Una mujer de 22 años, que consiguió huir cuenta: “Todas las
muchachas siervas hermosas eran usualmente tomadas por el propietario para ser sirvientas en la casa y utilizadas a su gusto por el amo”. “No eran otra cosa que esclavas sin derechos” (85).
“Para las adúlteras, había en vigor penas muy drásticas, se les cortaba la nariz” (86)
Como en la Europa medieval las antiguas religiones y creencias eran castigadas con la hoguera y las mujeres eran los candidatos predilectos. “Era común quemar a las mujeres por ser “brujas”, a menudo porque practicaban los rituales de la religión bon” (87).
La religión Bon era la antigua religión que las tribus tibetanas practicaban antes de que llegara el budismo.
Peor aún si cabe era el caso de los esclavos domésticos. Sus descendientes nacían como esclavos y lo seguían siendo toda la vida.
La Administración de Archivos de China (AACh) (88) ha publicado recientemente contratos sobre los intercambios o ventas de siervos por sus propietarios, que demuestran la ausencia de derechos humanos en el viejo Tíbet durante el sistema teocrático lamaista (89).
Es preciso recordar que el Tíbet nunca fue reconocido por ningún país como nación.
“En el curso de dos siglos, ni un solo país en el mundo había reconocido el Tíbet como nación independiente. Lo consideraban parte integrante de China. En 1950 India lo conceptuaba de esa forma, después del triunfo de la revolución comunista. Inglaterra adoptó la misma conducta. Estados Unidos hasta la Segunda Guerra Mundial lo consideraba parte de China, e incluso presionaba a Inglaterra en ese sentido. Tras la guerra, en cambio, lo vieron como un baluarte religioso contra el comunismo”(90).
Pero veremos más adelante que esto acaba de cambiar en Estados Unidos.
En 1951 el Tíbet fue reanexado por China. La mayor parte de la elite tibetana, negoció una transición pacífica tras la derrota de sus tropas en la primera batalla breve.
Un siervo escapado de 24 años, cuenta que “no era muy diferente de un animal de tiro, sometido a un trabajo incesante, al hambre y al frío, sin poder leer o escribir, y sin saber nada de nada.”
Así que no es extraño que considerase la intervención china como una “liberación” como el mismo declaró (91).
Incluso Melvyn Goldstein, que simpatiza con el Dalai Lama y la causa de la independencia del Tibet, admite que “contrariamente a la creencia popular en Occidente, los chinos mantuvieron una política de moderación”. “Cuidaron de mostrar respeto por la cultura y la religión tibetana” y “permitieron que los antiguos sistemas feudal y monástico continuaran sin cambio alguno. Entre 1951 y 1959, no sólo no se confiscaron propiedades aristocráticas o monásticas, sino se permitió que los señores feudales ejercieran una continuada autoridad judicial sobre los campesinos obligados hereditariamente”(92).
Dos telegramas enviados por el XIV Dalai Lama al líder chino Mao Zedong en 1956 y 1957 desafían las afirmaciones de que “el Tíbet carece de libertad de creencia religiosa”, según un funcionario de la Administración Estatal de Archivos (AEA) (93).
En 1956, las autoridades decidieron aplicar gradualmente una reforma agraria en los territorios tibetanos de la provincia de Sicuani. Naturalmente eso no les hizo ninguna gracia a las elites locales que vieron peligrar sus propiedades y sus derechos feudales.
En 1957 Mao tse Tung dio marcha atrás. Redujo la cantidad de cuadros y soldados chinos en Tíbet y prometió por escrito al Dalai Lama que China no realizaría reformas agrarias en Tíbet durante los seis años siguientes, o incluso durante más tiempo, si las condiciones no estaban maduras